El infante, Maestro

Giorgio Agamben (filósofo italiano) dice que, en el ser humano, coexiste la existencia sin lenguaje -existencia infante- y la existencia con lenguaje. Daniel Stern (psiquiatra estadounidense) dice algo semejante, al proponer que el ser humano tiene cuatro modos de experimentar el sí mismo y de relacionarse con otros. Sólo en uno de ellos se usa el lenguaje; los otros tres se desarrollan en la existencia del infante.

Tanto Agamben como Stern, por lo demás, advierten que la existencia en el modo infante, está en peligro. Esto significa que los seres humanos existimos como si el modo infante fuera superado una vez que empezamos a hablar.

Cierto que el lenguaje es fundamental. Con él le damos forma a nuestra experiencia. Sin esas formas, no nos identificamos como individuos, ni identificamos el mundo donde vivimos.

Pero, es gracias a la existencia infante que las formas de nuestro mundo no se vuelven rígidas, no se oxidan, no caen con todo su peso. Gracias a la existencia infante, nuestro mundo se ventila y las formas vuelven a ser iluminadas.  Esto es lo que expone Hanna Arendt (filósofa alemana), cuando dice que es el hecho de la natalidad, el milagro que salva al mundo de su ruina normal y natural.

A la luz de esto, es que consideramos tan relevante descubrir cómo darle lugar al infante en la existencia de los adultos. Para eso, algo que tenemos a la mano, es relacionarnos con los infantes. En esa relación no debemos sólo cuidar al infante, alimentarlo, abrigarlo. También debemos aprovechar de relacionarnos con ella o él dándole el lugar de Maestro. Ciertamente, no nos enseñará a darle forma al mundo, pero sí, a despertar esas formas y devolverles la agilidad de cuando un palito en la mano era un barco que surcaba los mares, a punto de zozobrar con su tripulación de gigantes con formas de hormiga.

Fundación Cinco Pieles

Créditos imagen: pintura de Vincent Van Gogh