Grenouille y la infancia que aguarda

Comentario al libro: El perfume, historia de un asesino, de Patrick Suskind

Jean-Baptiste Grenouille, nacido en París, un 17 de julio de 1738, es un personaje memorable de la literatura contemporánea. Nació en una pescadería y pudo seguir la suerte de sus cuatro hermanos, que terminaron en la basura, confundidos con los restos de pescado, si no hubiera sido porque sus gritos llamaron la atención de algunos transeúntes.

Nació con un olfato extraordinario y vivió en un mundo de olores; se obsesionó tanto con ese mundo que sólo estaba interesado en reducir las cosas a la forma de estímulos olfativos. Fue aprendiz de maestros de la perfumería, a quienes hechizó con sus capacidades para crear fragancias supremas. Pero él no quedaría satisfecho hasta no convertirse en “el Dios omnipotente del perfume… Quien dominaba los olores, dominaba el corazón de los hombres”.

En París aprendió a extraer la fragancia de cosas vivas; después se dirigió a Grasse, donde asesinó a 24 jóvenes de una belleza exquisita. Con sus olores creó el perfume que imaginó en el más espectacular de sus sueños, perfume que “bastaría para hechizar al mundo entero”.

Cuando fue descubierto como el asesino de las jóvenes de Grasse y se le condenó a muerte, ya había terminado de elaborar su perfume. Al llegar al lugar de su ejecución, y después de echarse unas gotas de su perfume, sucedió un milagro: el odio hacia él se transformó en amor y veneración; todos le consideraban: “el ser más hermoso, atractivo y perfecto que podían imaginar”.

El padre de la última joven asesinada le suplicó que se alojara en su casa, porque le recordaba a su hija. Grenouille aceptó la invitación, pero durante la primera noche escapó y caminó rumbo a París. Al llegar a la capital francesa se dirigió a un lugar frecuentado por: “ladrones, asesinos, apuñaladores, prostitutas, desertores, jóvenes forajidos”. Ahí se vertió el resto de perfume que le quedaba y fue devorado por seres humanos acostumbrados a realizar los actos más brutales, quienes no dejaron restos de él.

La decisión de morir devorado por seres humanos la tomó porque, algún tiempo atrás, supo que: “¡No podía, ni siquiera ahogándose en el propio olor, olerse a sí mismo!”. Entonces, cuando caminaba hacia París, reflexionaba: “aunque gracias a su perfume era capaz de aparecer como un Dios ante el mundo… si él mismo no se podía oler y, por lo tanto, nunca sabía quién era, le importaban un bledo el mundo, él mismo y su perfume”.

Una vez que Grenouille alcanzó su máxima conquista sintió que todo lo realizado era inútil. Entonces, lo que cabía esperar de él, que, cuando lo veneraban los diez mil habitantes de Grasse, “volvió a invadirle la enorme repugnancia que le inspiraban los hombres”, era que se retirara del mundo, en la soledad en la cual existió. Pero, en vez de eso, decidió inspirar el amor en hombres y mujeres que no lo venerarían.

Entendemos esta decisión de Grenouille como la irrupción de la infancia en su mundo adulto; la existencia infante -existencia sin mundo- que coexiste con la existencia adulta (ver columna: El infante, Maestro).

Grenouille no fue acogido al nacer; nadie lo esperó ni lo cuidó, menos, que viniera de las alturas (ver columna: ¿De dónde viene el infante?). Por eso, su existencia infante habrá quedado sepultada bajo el peso de la indiferencia. Pero, gracias a su extraordinario olfato, existió en un mundo adulto pleno de formas, las más refinadas y sutiles, con las cuales podía someter a su voluntad a mujeres y hombres.

Alcanzada su insuperable conquista, su mundo adulto se desplomó; de nada le servía lo conquistado si no sabía quién era él. Fue en ese instante que la existencia infante irrumpió en su mundo herido de muerte y le inspiró una decisión inverosímil.

La existencia infante, que, al irrumpir, refresca e ilumina el mundo, que le devuelve la agilidad a sus formas, irrumpió entre las ruinas del mundo de Grenouille. Ciertamente, en ese mundo no había nada que refrescar ni formas que iluminar; estaba todo acabado. Pero la existencia infante de Grenouille no sabía eso. Y, aunque no iluminó su mundo, inspiró el amor en hombres y mujeres, malhechores y forajidas.

Después de despedazar a Grenouille y devorarlo hasta que no quedó ni un resto de él, los treinta miembros de la chusma se sintieron avergonzados, porque, si bien, habían cometido actos brutales, jamás habían participado de un acto tan canibalesco como despedazar y devorar a un ser humano. Sin embargo, sentados alrededor de una fogata, la vergüenza dio paso a una sonrisa que se dibujó en cada uno de los rostros: “Estaban extraordinariamente orgullosos. Por primera vez habían hecho algo por amor”.

La existencia infante aguarda toda la vida. Y, cuando logra irrumpir en el mundo, durante un instante fugaz, éste se renueva y despereza. Bendita infancia que ilumina y refresca el mundo, que inspira el amor en mujeres y hombres.

Fundación Cinco Pieles

Créditos imagen: Película Perfume: la historia de un asesino, de Tom Tykwer, protagonizada por Ben Whishaw; basada en la novela de Patrick Suskind.