Infancia y destello de la cosa

¿Qué ve un adulto y qué ve un infante cuando mira una cosa: un árbol, una piedra, una manzana?

El adulto distinguirá el árbol del fondo, reconocerá que esa cosa que mira es un ejemplar de los árboles, que forma parte del reino vegetal, que es un ser vivo como los pájaros que se paran en sus ramas y distinto a las piedras repartidas por el suelo; recordará otros árboles que ha visto y lo podrá comparar. Pero, sin desconocer las virtudes del conocimiento acumulado, ¿no desaparecerá ese árbol en el conocimiento del adulto sobre los árboles?

Funes, el personaje de Borges, anhelaba que cada cosa, en cada instante, tuviera un nombre distinto; “le molestaba que el perro de las tres y catorce (visto de perfil) tuviera el mismo nombre que el perro de las tres y cuarto (visto de frente)”. ¿Y si se dejan los nombres a un lado? Cierto que no se podrá comunicar ni recordar lo sucedido, lo que fue la cosa en la experiencia. Pero ¿no será esa la manera de que se descubra la unicidad de la cosa?

Imaginamos que así se muestran las cosas en la existencia del infante: como destello, un fluir de formas. ¿Será eso lo que muestra el asombro e infinita curiosidad del infante, la luz que desprende al sumergirse en el descubrimiento de una cosa, que no será primero un nombre o una forma, sino puro destello? ¿Será al destello de la cosa que se refiere Silvio Rodríguez, cuando dice: «los barcos y las piedras / tienen abecedarios mejores / para demostrar que son bellos sencillamente / sin palabras o esquemas»?

Los adultos le enseñarán a los infantes sobre el conocimiento acumulado de las cosas. Y, ¿qué enseñarán los infantes? En la relación con un infante, jugando con la cosa, el adulto tendrá la extraordinaria oportunidad de que ella vuelva a mostrarse en su absoluta unicidad, sentir el entusiasmo ante la cosa que se mira por primera vez, ante la belleza incomparable de su destello.

Fundación Cinco Pieles

Créditos Imagen: Ilustración de Fiep Westendorp