Extranjera primeriza

Recordar el nacimiento de cada uno de mis tres hijos fue como parir de nuevo.
El primero fue inquietante: siempre existiò la posibilidad de perderlo o de un parto prematuro. Finalmente eso no sucedió y el parto fue precioso, igual que mi hijo. Pocos dias despuès supe que no tendrìa leche suficiente, obligàndome a darle relleno. Mi madre habia viajado hasta el paìs donde naciò, solo podia acompañarnos poco tiempo, pero fue un apoyo increible ¡era su primer nieto!. Unos dias luego de su partida, mi hijo empezò con “còlicos del primer trimestre”: 40 minutos exactos despuès de tomar su leche lloraba muy fuerte, gritando de dolor, una hora, sin parar, ¡pobrecito!… Nada lo calmaba. Brazos, caricias, pecho que no tenìa leche, agûitas, masajitos en su guatita dura, tensa, salir a la calle… Sola en el extranjero, porque mi marido trabajaba en otra ciudad, sintièndome inùtil, culpable, y sin saber què hacer, solo atinaba a llorar con èl.
En el primer control de consultorio, empezò a llorar. Nunca olvidarè la cara de profunda molestia del pediatra, su gesto despreciativo: “¡Vàyase! ¡Hàgalo callar! ¡No puedo atender a un niño asì!”. Angustiada, no acogida, discriminada, apretàndolo fuerte, me fui. Nunca màs volvimos.