Su asombrosa existencia

A veces, lo miro y me parece un anciano, como si de sus movimientos, su rostro, respiración se desprendiera una sabiduría inmemorial. Otras veces, son sus embrujos, su magia, un resplandor. Como esas dos noches en que sus respuestas llenaron la habitación de fantasía.
En la primera noche, se demoraba en comer, se distraía con unos juegos que tenía sobre la mesa. Su mamá se los fue quitando, uno a uno. Cuando ya no quedaba ninguno, su cara se llenó de risa y mostrándole los dedos de su mano, sencillamente, sin tono de desafío, le dijo: “Estos… no me los podrás quitar”.
La segunda noche, también comiendo, se distraía soplando un juego. Esta vez, fui yo quien le alejó el juego y le dije que comiera, pero siguió soplando y no comía. Le miré serio y dije: “Lo que acabo de hacer y decir es para que comas”. Él respondió: “Pues, te salió mal, eeeh”.
Simplemente, palpita, su asombrosa existencia.